martes, 4 de febrero de 2014

S.O.S fantasma en Barrancas.

Ya asumida mi condición de mujer cercana a los 50, con aspecto físico incluído, me dediqué esta semana pasada, los siete días completos, a verificar que no existo.
Quiero decir, sí existo, pero no como ser humano femenino atractivo a los ojos de seres masculinos en la misma condición y no tanto.
Vengo a ser una especie de espíritu fantasmal que deambula por las Barrancas de Belgrano y alrededores, sin ser registrada por ojos libidinosos especialistas en mirar culos y tetas. Quizás porque mi culo está un tanto ancho, pero que no me miren las lolas, que siempre fueron como dos mapamundi, eso ya es algo preocupante.
Mi teoría sostenida en estos últimos años, de que pasados los cuarenta y cinco, sólo te piropean los de sesenta y cinco a ochenta, está derrumbándose.
¡¡Ni eso!!¡No me miran ni los viejos chotos! Creo que hoy daría cualquier cosa para que a un señor de ochenta y pico se le cayese la dentadura postiza, intentando abrir la boca para babearse al pasar por al lado mío. Pero no. Me miran como si no existiera. Miran a la de atrás, que todavía no llegó a los cuarenta y cuatro.
No hay hombres me dijo mi amigo el quiropracta del alma, reconociendo lo que le vengo insistiendo hace unos años. Ahora son todos trolos, hasta los viejos. Esa es la única explicación posible que encuentro.
¿Decime que aún estando como estoy, no soy digna de ser mirada por un señor sentado en la puerta del geriátrico? Parece que tampoco. Y eso que paso todos los días por ahí, los miro y les sonrío. Pero nada. A lo mejor están momificados y no me dí cuenta, qué se yo.
Mientras andaba de observadora de la fauna local, tratando de terminar la tésis sobre mi tratado de cómo conseguir un hombre después de los cuarenta, noté que sí se han formado algunas parejas, como diría Roberto Galán Z´L. Hay muchas parejas enwebeadas (llámese enwebeado a quienes se han conocido por métodos tecnológicos artificiales). Lo he visto con mis propios ojos. O sea, abona la teoría de que a la que no mira nadie es a mí.
¿Vos no tendrás muchas pretensiones? me preguntan. ¿No serás muy exigente? me dicen los que no me conocen. Los que sí me conocen de toda la vida, saben que si hubiese sido pretensiosa o exigente, jamás me hubiese casado con quién me casé, ni hubiera seguido cometiendo el mismo error las otras dos veces subsiguientes. Señores, si hay alguien que no tiene humos de diva, esa soy yo. Mi primer marido era parecido a Marty Feldman en la película El Jóven Frankenstein. El segundo a Groucho Marx, y el tercero a Larry de los Tres Chiflados pero más feo y malo.
Dicho esto, ¿ahora entienden por qué me merezco a George Clooney? Me lo gané por derecho propio y ajeno. Soy una santa que merece el cielo.
Volviendo al tema de mi espectralidad, es un hecho. De hoy en adelante, me pasearé por el barrio con una sábana y cadenas, para asustar a los hombres, así por lo menos logro que alguno se entere de que ando por acá.