El día de la madre no es, ni fue nunca, mi día favorito.
Festejar a la mía era bienvenido, y saber que estaba era mejor aún, pero en mí evidenciaba la falta de hijos. Y eso dolía mucho, y aún duele.
No es algo que se supere con el tiempo, aunque vos a todo el mundo le digas que sí.
Te escudás en frases hechas tales como, si no los tuve por algo será, la naturaleza es sabia, quizás no hubiese sido una buena madre, esos chicos sí que se salvaron, etc.
No importa cuánto humor le pongas, el dolor sigue siendo intenso.
¿Por qué no tuviste hijos? preguntan los incautos. Porque no quise, respondés a veces en seco, con tal de no tener que relatar los cuatro años de tratamientos de fertilidad que padeciste.
Sí, padecer es la palabra correcta. Uno tiende a pensar que el proceso de crear un ser humano, es hermoso, tierno, lleno de amor. Claro. Lo es cuando tenés la suerte de estornudar y quedar embarazada.
En mi caso no fue así. Cuatro años de deambular de médico en médico, clínica por clínica, laboratorios especializados en mejorar la calidad del esperma y ecografistas miles.
Con total convicción y conocimiento de causa, puedo asegurarte que en el matadero tratan mejor a los animales que los médicos ginecólogos a una mujer.
Desde compararme con una vaca inseminada, hacer un simposio con seis médicos, sin mi consentimiento, para ver en pantalla mis óvulos como pelotas de basquet (sic) mientras estaba en bolas con las piernas abiertas y un transductor vaginal metido ahí mismo , hasta decirme que la Virgen María tenía más posibilidades de quedar embarazada que yo, son algunos de los ejemplos de maltrato que tuve que sufrir a lo largo de cuatro años.
Mientras tanto, y sabiendo que jamás quedaría, seguían sacándome plata. Porque en esa época las prepagas no te cubrían más que unas cuantas consultas al año.
Llega un momento en que te das cuenta que preferís que te inseminen a que tu marido te vuelva a tocar. Era más fácil y menos frustrante que tomarte la temperatura anal todas la mañanas para saber si estabas ovulando. O que tras mandar el esperma al laboratorio, te llamen para decirte, vení a buscarlo y tenés una ventana de una hora para llevarlo al consultorio y que te lo inserten con una cánula directo a tu útero.
Así fue como entre inseminación e inseminación, terminé divorciándome.
Fueron pasando los años, y por más ganas que tenía de tener un hijo, sabía que no quería tenerlo sola. Que un hijo no es un capricho ni un juguete. No critico a quienes deciden ser madres solteras, pero yo sentía que traer una criatura al mundo no era un acto de egoísmo sino uno de amor. De poder darle a ese chico la opción de una madre y un padre (soy hetero). De una familia. Que el padre después desapareciera llegado el caso, ya no era mi responsabilidad. Soy anticuada? Puede ser.
Pensé en la adopción de un niño más grande, que no fuera bebé. En ese caso lo de la familia Ingalls ya no era requisito indispensable, porque estaría dándole amor a alguien a quién se lo habían negado. Y para eso no necesitaba un hombre al lado. Por qué no lo hice? Porque en esa época no era la mujer que soy hoy, y me dejé convencer de que no estaba en condiciones de hacerlo. Por cobarde, bah...
Por eso, cada día de la madre, lo paso muy mal.
Cuando estoy triste porque estoy sola, y la gente me dice yo también, siempre les pregunto ¿tenés hijos? Si la respuesta es afirmativa, les digo, entonces no estás sola. Si insisten en que sus hijos no les dan bola, respondo, ese es un problema que tiene solución, llamálos y si no te atienden, es más que probable que sea tu responsabilidad.
Así que cuando te quejes de tus hijos, sólo pensá un segundo en mujeres como yo.
Feliz día de la madre.