sábado, 5 de julio de 2014

Schnitzel mit gurken (o algo incomible)

Soysola viajera anda con problemas de sentido de la orientación. Último día en Viena y fui a ver las cosas que me faltaban, cuál maratón de Ñuyork en alpargatas.
Lluvia. Y la lluvia no es buena consejera, eso dicen las viejas. Para ir a ver la catedral que según mi mapa estaba a tres cuadras, recorrí novecientos ochenta y cinco metros, que no son lo mismo que trescientos. Ya sabemos que acá y en toda Europa, las calles pueden tener cien, como quinientos metros cada una. Pero el problema no fue a la ida, sino a la vuelta. Soysola es caprichosa y se dijo, esto es una papa, vuelvo sin mapa, total, es encontrar la paralela y llegar al hotel. No creo necesario decir a esta altura, que caminé durante cuarenta y cinco minutos en círculo, hasta que encontré mi strasse. Odié Viena y sus salchichas. No vi ningún ganso volando sobre la ciudad, según la mitología arbiseriana.
Sissi la emperatriz no era tan querida como nos hizo creer Romy Schneider y lo único memorable que me llevo de Vienissima de Tres Cruces, son los cuadros de Egon Schiele y Gustav Klimt. 
Partimos hacia Múnich todos mis yos y yo, dubitativas ante la elección del destino, por obvias razones siendo hija de un sobreviviente del Holocausto. Pero hete aquí que llegando a Baviera, descubrimos no sin cierto estupor, que la ciudad nos gustaba más que la Sachertorte.
Tomamos un taxi y haciéndome la canchera le digo en yiddish alemanizado por la intención que pongo en el acento: Herzog-Willhem Strasse ajtundtzvontzik (calle fulanito de tal número 28). El hombre se me queda mirando y mueve la cabeza de un lado al otro, como negando y dice: oy, oy, oy…oy, oy, oy (parecido al oy vey de mi tía Raquel). Al toque le digo en inglés: ¿nou? Nain me dice. ¿Cómo nain? respondo. Y ahí me doy cuenta, es la misma raza taxista universalizada.
Llegamos al hotel que quedaba casi casi ahí a la vuelta, muy oronda hago el check in y subo a la habitación. Muy moderno todo, pero sin frigobar ni teléfono. Bajo a quejarme y por respuesta obtengo: todas las habitaciones son iguales, no por nada somos el hotel más barato de Múnich. ¡Barato para vos que vivís en euros! mascullo para adentro, y respondo:¿y si tengo una emergencia en la mitad de la noche cómo llamo? ¿Chasqueando los dedos? A lo que me responden: auschglanstudtelefon mit spretzls. O eso es lo que entendí.
Al día siguiente nos arriesgamos a la aventura de tomar subtes y trenes en Alemania, para volver a Austria porque nos quedamos con ganas de conocer Salzburgo. De ida fue fácil. 
Salzburgo es donde vivían Julie Andrews y Christopher Plummer, o La novicia rebelde y los Von Trapp. Así como te lo muestran en la película, así es. Salvo que para ir a girar como hacía María, en los verdes prados, primero tenés que sacar los bofes subiendo y bajando colinas.
Volvemos contentas de Salzburg, con la convicción de que ya teníamos junada la vuelta. ¡Hier können Sie sehen wollen! O ¡acá te quiero ver! Nos quedamos dormidas, porque nosotras somos como los bebés, sólo te dormimos si nos acunan de alguna manera, y nos pasamos de parada. La cuestión, para resumir, es que casi me pongo a llorar en el medio de la estación de trenes-subtes, porque andá a adivinar en los carteles escritos en alemán en dónde corno estás. Son todos nazis me digo, hacen esto a propósito. Escucho hablar en inglés y me abalanzo sobre ellos con cara de carnero degollado, y lloriqueo, estoy perdidísima! Nosotros también me responden muy cordialmente. Por suerte uno de los señores era un GPS humano y me empuja literalmente adentro del tren que estaba por salir. A lo lejos escucho que me grita: bajate en Marienplatz y ahí buscá la combinación de subtes para llegar a Sendlinger Tor!¡ Suerte y ojalá llegues a destino! Con esa voz de aliento no me quedaba más remedio que rezar que no me estuviesen llevando a un campo de concentración. Llegué sana y salva, puteando bajito, porque no quería interrumpir el partido Alemania-Francia.
Me siento a comer en la única mesa que quedaba libre, para cuatro, en todo Múnich, y como sobraban tres lugares y nadie te pregunta, se me sientan Schwarzenegger, antes de los anabólicos y señora, con el hijo que tenía pinta de complejo de Edipo. Viene la moza, y da por sentado que estábamos los cuatro juntos, aún cuando ellos le hablaban en alemán y yo en inglés. Señoras/es, cuando estén en un país donde no entienden un joraca, copien como monos lo que hacen los nativos. Si ellos piden caca, ustedes también. Bueno, no es lo que nosotras hicimos. Ellos se pidieron una magra sopa y un plato de vaya a saber qué cosa, que tenía una pinta magnífica, y yo un kleine carne de no sé qué con una pelota de miga de pan, inmunda, bañada en una salsa que vaya a saber qué con mermelada y una ensalada al costado. Menos mal que vino la ensalada. Lo demás era incomible. Pido la cuenta, y la moza nazi  me trae un ticket. € 68,30. Imaginate mi cara. ¿Esta mierda y me cobrás 68,30 euros? le pregunto. Cuando leo detalladamente la cuenta, veo que me esta cobrando las novecientas cervezas y los seis platos de comida de la familia Schwarzenegger. Niet! le escupo en la cara, a mi con avivadas no, eh! Yo te pago esta carne del orto y mi agua sin gas! Mientras, los germanoparlantes, se hacían los boludos. Pago finalmente, y ahí me dicen: ¿pagó lo suyo no? Ia, andá a la puten que te parió, les digo con mi mejor sonrisa y acento alemán. Total, mañana ya nos vamos y andá a cantarle a Gardel.
Domani a Venecia a perderme por los canales. Menos mal que sé nadar un poco.