Mariel se ha convertido en nuestro Oráculo de Delfos. No nos movemos sin ella, no sólo porque habla chino o al menos se defiende, sino que porque hemos notado que la gente nos cree muda e idiota, porque andamos todo el día mostrando el traductor con cara de susto.
Por ejemplo el martes cuando fuimos a comprar una e sim card, perdón, intentar comprar una e sim card que era para nosotras, las cuatro empleadas que nos atendieron, sí cuatro para un chip, tenían nuestro pasaporte, les escribíamos en el traductor lo que queríamos decir, pero ellas siempre, indefectiblemente, le contestaban a Mariel. O nos creyeron estúpidas o sordomudas o estaríamos abonando la teoría que venimos sosteniendo hace años, de que somos transparentes. Y eso que acá no pasamos desapercibidas. No. La e sim card, después de una hora no la pudimos comprar porque en China no hay e-sim card.
Pasamos a relatar el hecho que nos acontece.
Primero debemos decir que acá en China, manejan para el orto y te tocan bocina aún cuando estás a un kilómetro de distancia. La senda peatonal bien gracias, y no hay más accidentes porque acá en el comunismo dios no existe, pero los protege el Gran Hermano.
Volvíamos, con Mariel, desde el taller a la casa, (la casa, tema que tocaremos más adelante) y nos empiezan a tocar bocina insistentemente. Acto seguido nos cruza una moto con una mujer con casco rosa, que se baja de la misma a los gritos, se lo saca, y blande su celular como San Martín en el cruce de Los Andes .
Ok, dijimos las dos, se quiere sacar una foto con las gringas, cosa que es bastante común que nos pase. Más no. O no sólo eso. Penélope Glamour no sólo quería foto. Quería video. Videos mejor dicho. Arrancó con el primero y filtro de por medio, con labios rojos y todo, porque la mina no era boluda, ella quería video con las Yingguó-rén, siempre aclaramos que somos Argentinia-rén, pero nos quería jóvenes y lindas. Así que filmamos unos cinco videos y ocho fotos, mientras nos estábamos cagando encima sin poder decirle flaca cortala, fingiendo que éramos íntimas, con las directivas de : ahora abrácenme, pongan las cabezas cerca de la mía, hagan la V de la victoria, sonrían, todo para que ella los subiera a internet y le mandara a sus amigas la nueva adquisición. Parece que nosotras acá venimos a ser como un trofeo.
Si les aparece algún video viral por instagram de dos rubias pintarrajeadas como geishas, sí, somos Mariel y yo con una china random.
Ahora cada vez que vemos venir una moto, por las dudas nos ponemos la capucha para que no nos reconozca.
Volvamos a la casa.
La mugre persiste, a pesar de que limpiemos todos los días. Hemos descubierto que todos los vecinos de la zona, o en su mayoría, cocina a leña, por lo tanto no importa cuánto limpiemos de noche, mientras dormimos, la magia del lugar hace lo suyo. O sea enroña.
Nuestra casa tiene puerta pero no llave. Es seguro, te dicen, aunque las propieades linderas tienen candado en la puerta. Al menos cada habitación tiene por dentro una tranca como las de un calabozo. A veces creemos que los vecinos entran a chusmear, pero no podemos estar seguras. A lo mejor no es la magia del lugar lo que ensucia sino doña Rosa la de al lado.
Bien hemos dicho, calabozo, porque nuestro dormitorio es mas bien una catacumba.
Oscuro. Húmedo. Tan húmedo que sacamos las toallas del secarropas, las colgamos en el baño y cuando terminamos de acomodarlas ya están húmedas de nuevo.
La residencia monacal no tiene cocina. O sí, ponele. Una heladerita en la que caben dos yogures y tres tomates cherry y un microondas recién comprado, por lo cuál decidimos que almorzamos en el taller. Platos te los debo. Cubiertos, dos palitos y una cuchara de plástico que honestamente se agradecen. Que sean de plástico, eso se agradece.
Cuánto que te quejás Soysola! Vení, vení que te espero y después charlamos. Para que te orientes, estamos en las afueras de Yixing, no en el centro. O sea en el conurbano yixinguense. Algo así como La Tablada o San Justo.
Debemos decir con honestidad, que esta casa está bien mantenida si es que comparás con las del barrio.
La comida es otra cuestión que nos ocupa y preocupa. Los que ya habían venido nos habían advertido que no nos gustaría. No solo no nos gusta, no la comemos directamente. Pasamos nuestra primera semana sentadas en el inodoro, así que evitamos los restaurantes. Especialmente el de nuestras amables amigas que nos preparaban lo que queríamos. Sospechamos que el caldo con wonton, que venía con unos bichos raros, había sido el motivo de nuestra descompostura. No sabemos si fueron los bichos o que el agua podría llegar a ser agua de río. Para argumentar esto, hoy vimos a una señora lavando sus cucharones en el mismo. Puaj es poco.
Así que hace varios días que almorzamos papa, calabaza y boniato al microondas en el taller. Pensábamos que íbamos a volver flaquiiitas como diría la Su, pero ya hemos descubierto la comida chatarra china.
Los escupitajos siguen al pie del cañón, o más bien a nuestros pies.
Antes de despedirnos por hoy, queremos desmitificar Temu. No existe. Es para los giles. La posta la tiene Taobao, que muy a pesar nuestro nos bloqueó porque cree que somos una amenaza para la seguridad nacional.
Si alguien tenía pensado mandarnos una carta a la antigua, se agradecería que venga con un bife de chorizo a modo de estampilla.
Cambio y fuera desde el tujes del mundo.