Hace mucho que no paso por acá. Y hace mucho que no quiero. Parece que perdí la capacidad de querer.
Antes quería mucho, poquito y nada. A veces quería mucho más de lo que necesitaba. Y muchísimas más, más de lo se merecían.
Querer es un hábito, y como tal se me estaba yendo. Es un hábito de los buenos, siempre y cuando no seas codiciosa.
Ya no recuerdo muy bien eso de los quereres. Más grande me pongo, menos voy queriendo.
Es la costumbre que tengo que deshacerme de cosas de las cuales después me arrepiento.
Con el tiempo te vas dando cuenta que por la vida hay que andar liviano.
Y con esa mala costumbre de ir desprendiéndome, empecé a desprenderme de mí misma.
Dejé de querer. Cosa rara en mí, que dicen que cuando era niña lo único que hacía era pedir.
Cuenta la leyenda que en cada kiosco de golosinas me paraba y rezaba : ¿me comprás?
Luego al crecer fui queriendo otras cosas que podían comprarse con dinero. Un departamento, un viaje, ropa, un marido...
Hijos no, esos no se compran. Y a mí no me llegaron ni de regalo. Y bien dice el refrán, a quien Dios no le da hijos, el Diablo le da sobrinos. Y las amo aún cuando no son mías mías. Y ese amor es el único que se multiplica tanto como cuando van llegando los hijos de tus hijos prestados.
Volvamos a los quereres, porque hace unos días que me levanté con ganas de querer un poco, pero ahora quiero esas cosas trascendentales, que ya no puedo tener.
Quiero mi colon sano, y mis chinchulines a punto.
Quiero ser la de antes, la que caminaba por la calle sin pensar en tropezarse.
Quiero mis articulaciones aceitadas, y la cabeza colmada de ideas útiles.
Quiero volver a mis treinta, que aunque fueron horribles, los prefiero a estos sesenta que nadie pidió. En realidad lo que quiero es un sesenta/treinta. Yo a mis sesenta con un hombre de treinta.
Quiero sentir con la intensidad que sentía en mi juventud, y hablo del amor, no de los dolores.
El amor a los treinta era sensual, a los sesenta es patético siempre y cuando no lo hayas conocido en tu juventud.
Quiero la esperanza que tenía allá por el dos mil y pico, antes de conocer la desgracia. La desgracia, por supuesto, tiene nombre y apellido.
Quiero amanecer en el campo aún cuando soy mujer de mirar el mar infinito.
Quiero ganar el Nobel a la impaciencia, porque el de la paciencia me lo gané durante muchos años consecutivos.
Quiero mi memoria intacta, aunque no me molestaría perder los malos recuerdos.
Quiero que la musa inspiradora toque a mi ventana de vez en cuando, porque últimamente se le dió por irse a un retiro espiritual.
Quiero dejar de llorar de emoción, porque la emoción me hace frágil. Y si hay algo que aprendí en estos últimos quince años, es que de frágil sólo tengo las uñas.
Quiero ser la que era, sabiendo lo que sé, queriendo como antes y no ser esta que está perdiendo terreno en la dimensión desconocida.
Y por último, como lo he querido muchas veces, y cada vez más, quiero el túnel del tiempo para que vuelvan todos, porque, por ahora, espero no tener que ir a buscarlos.
Excelente Eli!!!! Comparto tus quereres!!
ResponderEliminarGracias Cris!!
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