lunes, 23 de marzo de 2020

Soysola en cuarentena

Día tres.
Nos levantamos con todas las pilas, como si fuese un viernes de la época de juventud, abrimos las ventanas, pusimos la música a todo volumen para que escucharan los vecinos, y nos pusimos a bailar mientras limpiábamos al ritmo de We will rock you, de Queen.
El frenetismo por limpiar y bailar al mismo tiempo, nos duró exactamente los tres minutos que dura el tema.
Los vecinos, no nos acompañaron, ni siquiera para ver el patético espectáculo que estábamos dando. Si hubiésemos cobrado por entrada, bueno, pero locos, se los dábamos gratis!
El resto del día nos la pasamos mirando películas y haciendo video llamadas con los amigos con los que ya no tenemos mucho más para contarnos, porque hablamos tres veces por día.

Día cuatro.
Nos levantamos a las 11.03. Esta vez decidimos que los vecinos se jodan y no les bailamos en la ventana.
Fuimos a la cocina a hacernos un café y a poner el lavarropas por quincuagésima vez en cuatro días, y la puta puerta se rompe, con la ropa adentro. Menos mal que somos compradoras compulsivas de bombachas, porque tres quedaron en el interior,
Dada la cuarentena, tendremos que volver a la época del segregacionismo y lavar la ropa a mano.
Vamos por el mediodía y todavía no hicimos nada de lo que nos prometimos.
Veremos cómo se desarrolla el resto del día...todavía mantenemos la ilusión de hacer algo.
Prendimos la tele y la cara apocalíptica de Guillermo Andino nos alarma más que el coronavirus. Preferimos ver la cara de culo de Feinman, con eso te decimos todo.
Desde que empezó el tema del virus, que nosotras ya estábamos tomando las medidas correspondientes, lavábamos todo, pasábamos lavandina hasta por el tujes, no entró nadie a casa y nadie salió de acá. Entonces ¿por qué pensamos que todo lo que está acá adentro tiene coronavirus?
Calculamos que es por Andino. Decidimos apagar, para no asustarnos más.

Seguimos con nuestros sueños de libertad.
Anoche soñamos que estábamos con nuestra amiga Luciana, comprando pelotudeces en las papelerías de Nueva York, esas que a nosotras nos encantan. Por supuesto lo hacíamos rapidísimo porque estábamos violando la cuarentena. Para que nuestras amigas psicólogas se deleiten, nos llevaba nuestra madre en auto. No sea cosa que Soysola se independice alguna vez.
Nos quedan ocho días por delante, que suponemos serán siete más, esperando no enloquecer en el intento por cuidar nuestra salud y la de los demás.
Mañana podríamos ofrecer una obra de teatro con títeres, hechos con medias, total que de esas tenemos un cajón lleno, a ver si entretenemos a los vecinos de enfrente, que quizás llaman a la policía y nosotras por lo menos tenemos con quién hablar.

Otra vez les digo. Quédense en casa. Cumplan las reglas de la cuarentena. Traten de no ser el banana argentino, porque esta vez se van a convertir en el pelotudo nacional.
Cuídense que de esa manera nos cuidamos todos.

sábado, 21 de marzo de 2020

Cuarentena día II

La cuarentena anda haciendo estragos en nuestro sistema nervioso.
Anoche soñamos que salíamos a la calle a sabiendas de que estábamos rompiendo las reglas, por lo tanto nuestra paranoia y culpa hicieron que nuestro horario de descanso fuera una tortura. Lo que recordamos del sueño es lo siguiente: salíamos a la calle, estaba lleno de gente y pensábamos ¿no saben que hay cuarentena? ¿Y nosotras qué estamos haciendo acá? Nos cubríamos la boca y nariz con la remera, como si eso fuera a surtir efecto y más culpa nos daba por ser tan boludas. Llegábamos a la casa de nuestra madre, que era un departamento palaciego con dos ascensores, pero uno no andaba y no queríamos subir con nadie más, porque nosotras ya somos bastantes. Nos metíamos en el toilette, vaya a saber porqué, y llamábamos al Papa, que se parecía a Jonhatan Pryce obviamente, que era amigo de la familia, para preguntarle si podíamos salir con un señor que no conocíamos. Nos daba su bendición, como si alguna vez la hubiésemos necesitado...
Finalmente hacíamos una cita y quedábamos en encontrarnos en una especie de shopping al aire libre. Para acceder a ese lugar, debíamos cruzar la avenida Costanera Norte que tenía cero iluminación (attenti Larreta). Llegábamos al lugar, y nos esperaba el señor, que no era otro que el Hombre Elefante de David Lynch, que además tenía un retraso mental y babeaba. Venía en compañía de una acompañante terapéutica y otro paciente en peor estado. El sujeto pedía sushi porque estaba barato, así que nosotras ante la duda de que estuviera podrido no comimos, porque todos sabemos que el sushi cuesta un huevo y si es barato es porque está malo. La experiencia nos estaba resultando muy desagradable, pero vaya a saber porqué, nos convencíamos del que el tipo no estaba tan mal del todo y terminábamos poniéndonos de novia. 
Por suerte en ese instante nos despertamos. Aterradas por supuesto. Aterradas, porque nuestro historial amoroso no dista mucho del sueño.
Ahora nos molesta un poco la garganta. No sabemos si de verdad o es la hipocondría que nos genera recibir tanta información del coronavirus. Esperemos que sea la segunda.
Desde que se decretó la cuarentena, para no atrofiar los músculos más de lo que ya están, decidimos hacer un poco de ejercicio.
Pusimos un video de zumba para principiantes. 
El día uno hicimos 2 minutos.
El día dos 4:15
El día tres, hoy, decidimos que zumba no es para nosotras y dimos 735 vueltas al departamento, logrando 1278 pasos.
Algo es algo.
Nos queda hasta el 31 de marzo para intentar llegar a los 10.000.
Veremos qué nos deparan estas semanas siguientes.
Por lo pronto acá estamos, desinfectadas con alcohol y lavandina, esperando no intoxicarnos con los gases que emanan.
Y les repito. Cumplan la cuarentena, no sean pelotudos y no salgan, que exponiéndote, nos exponés a todos.
Forza al mundo entero!

jueves, 19 de marzo de 2020

Soysola en tiempos de coronavirus

Reaparecimos gracias a Ale C que insiste en que es hora de que Soysola salga de su ostracismo, a pesar del coronavirus.
Y acá estamos. Años y años de terapia para sacarnos nuestro trastorno obsesivo compulsivo, para que venga un virus del orto, que se cree reina, y nos obligue a estar en TOC permanente.
Veinte años de terapia tirados a la mierda. Queremos el reintegro monetario de todas las sesiones, o un resarcimiento terapéutico, a saber, otros veinte de terapia gratuita.
Aunque, seamos honestas, esta cuarentena obligatoria (estamos esperando la orden del Doc. Alberto F.) nos viene bien para varias cosas.
Una, empezar a limpiar cajones en los que acumulamos cincuenta mil pelotudeces que no tenemos dónde guardar, o sí, pero nosotras te las tiramos ahí.
Dos, hacer algo de ejercicio para combatir el aburrimiento, algo que no hacíamos desde antes del N1H1. Es que nosotras solo te hacemos ejercicio cuando hay riesgo de vida. De lo contrario ¿para qué?
Tres, leer el libro que hace tres meses queremos terminar y solamente tiene 120 páginas. No es que no sepamos cómo leer, es que estamos intentando pasar el nivel 789900 del Candy Crush y se nos va el tiempo.
Cuatro, limpiar obsesivamente cada rincón de nuestro hogar, ahora que Miguelina no viene, y a la que putearemos apenas se levante la cuarentena, porque descubrimos que nuestra casa es una mugre.
Cinco, dormir sin culpas hasta las 11 de la mañana.
Seis, de una vez por todas, tirar todas las fotos en las que aparece nuestro primer marido.¿Para qué queremos tener el recuerdo de nuestra despedida de soltera, si hace más de 30 años que el matrimonio caducó? Y nuestra buena relación con él también.
También podríamos, ya que estamos, ir tirando las fotos en las que aparece marido dos, y pareja tres, a los que no deseamos ver ni en figuritas.
Siete, cocinar. Esto no se lo agardecemos al Covid-19, porque nosotras somos delivery girls. Con esto de la pandemia, le tomamos un poco de aprehensión a la bolsita de Rappi, al chico Rappi, y a la comida que trae Rappi (o Glovo o Pedidos Ya, para que no se sientan discriminados)
Estas serían las cosas positivas. Vamos por las negativas.
Uno, si antes no conseguíamos novio, imaginate ahora. Entre el metro y medio o dos de distancia entre una persona y otra ¿quién se nos acercaría? No te tocaríamos ni una mano a menos que sea con una orden judicial, menos que menos intercambiaríamos fluidos con el sexo opuesto.
Si la cosa se llegara a poner tan fea como en Italia en donde han llegado a seleccionar a los pacientes menores de 50 para salvar, cagamos del todo. Si ya nos quejábamos de no encontrar hombres de nuestro rango etario, qué podemos esperar después del coronavirus...
Dos, que somos población de riesgo, por dejadas, porque no nos pusimos las pilas hace años. Y si nos pasara algo, Dior no lo permita, no podríamos volver.

Ahora unas líneas en serio. Cuidémonos, que si no nos cuidamos entre todos, estamos al horno.
Respeten la cuarentena, lávense las manos como si tuvieran TOC, que esta vez es bueno. No abracen ni besen hasta que la peste esté erradicada. No te toques la cara, ojos, boca, nariz mientras estés en la calle o en contacto con otros seres, hacelo solo después de haberte lavado bien las manos. Seamos solidarios y cumplamos con lo que se nos pide. No desabastezcas las farmacias ni supermercados, porque no es necesario.
Si no somos solidarios, esta vez, no se muere el otro, nos morimos todos.


lunes, 13 de enero de 2020

Cincuenta y cuatro mal llevados

Chancleta dijo la partera y cincuenta y cuatro años después acá estamos.
Ya pasamos la mitad de la vida, aunque al ritmo que viene nuestra madre, si la longevidad es hereditaria, tranquilamente seremos Magiclick.
Si de achaques se tratara la vida, tenemos todos y aún no llegamos a la jubilación.
Estamos perdiendo la memoria. No sabemos si es por la edad o por el Rivotril.
Nos duelen las articulaciones, desde arriba hacia abajo y viceversa. El tracto digestivo empieza a ralentarse y la menopausia llegó para instalarse. Cada vez vemos menos, escuchamos menos, tenemos menos paciencia, dormimos menos y entendemos menos. Estamos en la etapa de la suma y la resta, con el único detalle que restamos más de lo que sumamos. Si de balance se tratara, las arcas están vacías.
El único beneficio de pasar los cincuenta es el que nos sentimos inimputables y decimos lo primero que se nos cruza por la cabeza. Total que a estas alturas para qué nos vas a refutar o contradecir, si de todos modos o no lo vamos a escuchar o no lo vamos a entender.
Cada edad tiene su belleza, nos decían de niñas. Pues bien, estamos esperando que venga el cirujano plástico para arreglar este desastre.
Todo lo que no hagas antes de los cincuenta, decía madre, después te va a costar el doble.
Lo que ella no sabía en ese entonces es que vendrían décadas de inflación, por lo cual no todo nos cuesta el doble, si no el triple y hasta el cuádruple. Cosas de la vida moderna, dicen...
La cuestión es que a nosotras la edad no nos vino de regalo, nos vino obligatoriamente.
¡Feliz cumpleaños a nosotras!






viernes, 3 de enero de 2020

Resoluciones de Año Nuevo cuatro días después

Hola, qué tal? Tanto tiempo ¿no?
Qué sé yo, se ve que no andábamos por acá.
El 31 no tuvimos tiempo de pensar ni pedir nada, por lo tanto no está mal que lo hagamos a cuatro días de empezado el 2020. Bastante rápido te diré, para lo que tarda nuestra familia a la hora de decidir cualquier cosa.
Nosotras no. Nosotras te decidimos todo en dos minutos. Un divorcio, una cirugía mayor, las compras del super, cambiar el color de pelo, engordar 30 kilos...Vos danos unos minutos y te resolvemos la vida. La tuya, la nuestra no tiene solución aparente.
Sabemos que las resoluciones son lo que te proponés para cumplir durante el año, pero como ustedes nos conocen, las nuestras vendrían a ser las cosas que queremos y sabemos que no vamos a conseguir a corto ni a largo plazo.
A saber:(recuerden que a la hora de querer, volvemos a ser una sola)

Quiero dejar de ser un Minion y volver a ser la Jessica Rabbit que fui. Aunque con parecerme a mí misma podría ser suficiente.
Quiero dar la vuelta al universo en calesita, para recordar que el mundo gira y no siempre tenemos la posibilidad de sacar la sortija.
Quiero recuperar la creatividad que perdí por algún mes del 2019. Se me estaría haciendo cuesta arriba congraciarme con mis manos.
Quiero volver a soñar y desterrar las pesadillas. Para malos sueños basta con abrir los ojos y ver la vida.
Quiero hallar la serendipia y resolver todos los enigmas de mis relaciones humanas.
Quiero navegar los ríos internos de tu alma a pesar de no haberte conocido jamás.
Quiero verter caudales de palabras sin sentido para que en alguna encuentres lo que necesitás.
Quiero parecerme a un aguacero de verano, refrescante, y no esta tormenta de invierno en la que me he convertido.
Quiero ser la conjunción perfecta de cuerpo y alma. Sé que no voy a lograrlo, porque tengo demasiado cuerpo y el alma me estaría quedando chica.
Quiero la gaviota en Portugal, el vino en la Toscana y tu perfil en el horizonte.
Quiero encontrarte alguna vez en la vida, amor,  aunque más no sea por un rato. 
Quiero tanto y quiero todo. Ya no quiero a George, cosa importante para destacar. De a poco empezamos a pedir cosas más realistas.
Quiero mucho, demasiado, y es perjudicial para mi salud.
Quiero y punto. Soy así, puro querer aunque me cueste la vida.
Resolución para el 2020, empezar por algo.
Feliz Año Nuevo!


viernes, 4 de octubre de 2019

Start spreading the news

-Daniel ¿va a llover?-, pregunta de cábala antes de cada viaje, aunque hay un sol que raja la tierra. Daniel ya está harto de nosotras y pone cara de esta mina me tiene podrido.
Check in en American Airlines y delante de nosotras hay un pequeño grupete donaldtrumpista, que está despachando cuatro cajones con rifles de caza. Ahora toca el turno de romperle los quinotos a Pablo el psiquiatra. 
-Pablo, hay gente despachando armas en nuestro vuelo. ¿Subimos? ¿Estarán cargadas? ¿Explotará el avión por tantas municiones?
-No rompas, responde Pablo, ¿cuántas pastillas te tomaste ya? Agregá una más y déjate de joder.
-Bueno, chau.
Hemos decidido que en nuestros próximos viajes todas estas inquietudes se las derivaremos directamente a la policía aeroportuaria que todavía no nos conoce.
Hacemos migraciones siendo palpadas hasta el upite por una dama a la que no le pedimos el teléfono, aún cuando fue la primera persona en tocarnos en años.
Subimos, hello, welcome, su seat es a la derecha please. Despegamos con destino a New York y Washington, arrancando con turbulencia que ni las treinta y cinco pastillas de Rivotril nos pudieron ayudar. Diez horas diez minutos, dijo el capitán. Nosotras quisimos bajarnos pero no teníamos paracaídas.
Tras unos interminables minutos de un movimiento frenético, llegó la calma, y con ella la cena. Rescatamos un cacho de carne masticable y un par de zanahorias hervidas, y de postre un helado con cookies. Lo único bueno.
Suponemos que la quetiapina hizo efecto apenas tragamos el último bocado de helado, porque después de eso no recordamos nada hasta una hora antes del desayuno.
Aterrizamos en JFK, que no es CFK y tomamos un taxi hasta el hotel. El señor no evitó pozo alguno, ni maniobra riesgosa. En menos de dos segundos casi nos estrolamos dos veces, pero el hombre seguía su raid zigzagueando como si nada. Nosotras, atrás, rezándole a San Christian Dior, para que nos haga llegar a Bloomigdale´s sanas y salvas.
El hotel un primor. Un caro primor, pero esto es Nueva York y qué le vamos a hacer. 
Paseamos un rato, mirando las vidrieras como en el tango, la ñata contra el vidrio, porque con el dólar a 60...
Estaban todos nuestros amigos mandatarios en la reunión de las Naciones Unidas, incluido Mauricio, así que nos la pasamos sorteando vallas, cantidades inhumanas de policías, y mucho servicio secreto.
Partimos en tren hacia Washington, a visitar a nuestra amiga Luciana, sentadas en asientos de cuatro, enfrentados, mirando el paisaje que teníamos delante. Un muchacho muy apuesto. Le convidamos una pastilla de mentol porque no paraba de toser y ese fue todo nuestro contacto amoroso. 
Llegamos a DC donde nos esperaba nuestra socia y amiga, y fue amor a primera vista. No, no con Luciana que ya nos queremos mucho, si no con la ciudad. 
-¡Queremos vivir acá!- gritamos. Y encontramos nuestro quincuagésimo noveno lugar en el mundo.
Todo es limpio, todo es grande, todo es ordenado, todos son amables y está la casa de Donald, no el pato, que no es que nos caiga bien, pero tiene un jardín hermoso.
Paseamos, chusmeamos, comimos, chusmeamos, caminamos, chusmeamos, vimos museos, chusmeamos, compramos barato, chusmeamos, compartimos, chusmeamos.
Nos enamoramos de todos los afroamericanos que viven en Washington. Son todos hermosos. Ellas, ellos, nos enamoramos de todos sin distinción de sexo. Nosotras nos enamoramos, ellos no. Adiós romance frustrado...
Luego de tres hermosos días, tomamos el tren de vuelta, pero esta vez el paisaje era un pelado, así que decidimos dormir.
 ¡Gracias miles a la familia Mora Raigo por tratarnos tan bien! Prometemos volver si nos aceptan!
Llegamos a New York nuevamente, y con la audacia que nos caracteriza, tomamos el subte. Papita pa´l loro dijimos. Había que hacer conexiones, y si bien viajábamos livianas, una valija es una valija a la hora de subtear.
Ya tenemos re junado el trayecto, pensamos. Subte E y después conexión con el 6 y llegamos. 
Resultó que el E los fines de semana no funciona, así que corrimos escaleras arriba para alcanzar el C, que nos dejaría para una segunda y tercera conexión, o eso creímos.
Con la lengua afuera llegamos al C, saltamos adentro, y como somos petisas, y un señor nos tapaba, no veíamos los carteles de las paradas, y al señor conductor no se le entendía su inglés. Pero creímos ver que el subte paraba en la calle 42. Tras un larguísimo recorrido, en el que empezamos a sospechar que nos habíamos pasado, oímos claramente esta vez, la voz del subtero que decía ,- “estación de la calle 72 directo al Bronx”- ¿Cómo? ¿Y la 42 dónde está?-nos desesperamos sin obtener respuesta de nadie.
Bajamos, transpiradas como camellos, asustadas por la posibilidad de llegar al corazón del Bronx, a donde no habíamos ido jamás y seguramente la gente es amabilísima, pero vimos demasiadas películas yanquis como para saber que ahí no teníamos muchas ganas de bajarnos.
A todo esto, estábamos del lado oeste de la ciudad, y nuestro hotel quedaba del lado este y a unas veinticinco cuadras. Como es de imaginarse, ni en pedo caminaríamos ni tampoco otra vez nos meteríamos en un subte.
Casi llorando del cansancio y del calor, nos abalanzamos sobre el único taxi libre en todo NY.
-56 between Park y Lexington- le sollozamos al señor Apu, que lo único que quería era cobrar el viaje y le importaba tres carajos nuestra odisea.
Finalmente arribamos a nuestro hogar por los próximos nueve días.
La habitación es enorme, cosa rara para esta ciudad. Es una especie de apart hotel, tenemos cocina, que nos viene bien para no gastar tanto en restaurantes. Así como el cuarto es enorme, la cama también. No solamente es ancha e incómoda, si no que es alta. Está hecha para el estándar basquetboliano. Nos dio cosa pedir un banquito en recepción para poder subirnos, así que todas las noches escalamos el Everest, que así se llama ahora nuestro lecho no nupcial.
El otoño se está haciendo esperar en Estados Unidos así como la primavera en Buenos Aires.
Calor, calor, calor y más calor sofocante. Esta vez vinimos con la ropa exacta, absolutamente de pedo. Llega a hacer frío y vamos a tener que salir corriendo a comprar...uy! Qué pena ¿no?
Si hay algo que a nosotras no nos gusta es el comprar por comprar. Por eso en casa tenemos cuatro camperas de Uniqlo de cuando el dólar estaba a 15.
Llegó Rosa Hashaná y con ella una divina cena en la casa de nuestra sobrina. Fue la oportunidad de ver a un primo que vive en Buenos Aires, y con el que sólo nos encontramos cada tres años en algún lugar del mundo. Cosa ´e ricos, ¿vió? 
Paseamos por el Central Park, fuimos al zoológico, nos convertimos en acérrimas defensoras del Free Animals y Bichos. Seguimos caminando, llegamos al Museo Metropolitan, donde la muestra que habíamos ido a ver especialmente había terminado, por lo que aprovechamos e hicimos esta vez, el sector de África y Oceanía, y Antigua Grecia y Roma. Llegamos a la conclusión de que nos dedicamos a lo que nos dedicamos, por suerte, porque el arte es lo único, junto con los fósiles, que deja algo para la posteridad. El resto es pura casualidad.
Seguimos de paseo por NY, sudando como chivos, comiendo como vacas, y pateando como caballos. Perdón, pero es que después de ver el zoo, no pudimos más que compararnos con los animales.
Caminamos mucho por la ciudad de los subtes y rascacielos, y muy a pesar de quienes nos critican por afirmar que somos invisibles a la vista humana, lo corroboramos en este viaje también. Nadie nos mira. Y cuando decimos nadie, es nadie nadie. Ya no porque creamos que somos feas y gordas, sino porque hasta los más pequeños, andan con la vista clavada en el celular.  
Ya está, encontramos a quién echarle la culpa de nuestra soltería. Listo. Pablo, podés ir dándote por despedido. ¡Se terminó la terapia para nosotras! Para ser visibles sólo necesitamos el último IPhone.
Además de quejarnos del calor, del frío, de la lluvia y de la falta de bidet, encontramos que así como en Francia el jabón no lava, en Uruguay la sal no sala, acá en Norteamérica el agua no enjuaga. Pensamos que era una cosa solo de Washington, pero no, en Ñuyork tampoco. 
Le damos, le damos y le damos al agua, pero salimos de la ducha todas resbalosas. 
¿O nos habremos convertido en una babosa? Vaya a saber... A quien nos cruce por la calle, por favor que nos avise si vamos dejando una estela de baba...
Nos quedan pocos días en La Gran Manzana, ya el martes estaremos de vuelta en la Gran Banana.
Bye, bye NYC, see you later...





sábado, 15 de junio de 2019

Médico a la derecha, por favor

Llegamos a Roma, tras un viaje de mierda en el Frecciarosa, en el que tampoco había dónde meter las valijas y encima el aire acondicionado no daba abasto para los 38º de Italia.
¡Naaa, si en este viaje la pasamos bomba! Entre el frío de cagarse en Faenza y el calor del orto del resto del recorrido, debemos reconocer que no fue el típico viaje que solemos hacer.
Lo sabemos, nos hemos quejado mucho. Jódanse, así somos y evidentemente por más que queramos no vamos a cambiar.
Decíamos que llegamos a Roma, urgidas de un dentista, porque el arreglo que nos habían hecho en Faenza, caducó y pasó a mejor vida. Así que llamamos a Universal Assistance, que hasta ahora había tenido sólo aciertos. Nos envían un correo diciendo que debíamos concurrir al Dr. Paolo Salustri a las 15.15 hs. Vía Cavour 266. Llegamos. Ya al ver la placa con su nombre, toda herrumbrada, vecchia, vecchia como Roma misma, nos dio un escozor. Bueno pensamos, no prejuzguemos que a lo mejor el dentista heredó de su tatarabuelo el consultorio y el nombre. Subimos y tocamos timbre. Nos abre una asistente que tendría no más de 25 años. Tome asiento, nos dice, y si quiere ir al baño tiene que dar la vuelta a esta puerta. Tras un breve vistazo, decidimos que nos mearíamos encima antes que ir al baño ahí.
El consultorio era más o menos lo que sospechamos desde la calle. Década del 60. Lo que nos dio una leve sospecha de que el médico quizás estaba actualizado, era que había un dibujo en la pared, donde mostraba a un dentista con barbijo, atendiendo a un niño. Ok, pensamos, por lo menos ya entró en la era sanitaria.
Tras esperar una media hora, aparece otra niña de unos 26 años, embarazada, vestida como asistente y nos dice, prego signora. Cagadas en las patas, entramos.
La piba nos empieza a preguntar qué nos pasaba y le respondemos que veníamos porque sólo era necesario cubrir la muela rota, hasta que lleguemos a Buenos Aires y nuestro odontólogo nos atienda. Aclaramos, que no teníamos dolor alguno, pero como el nervio todavía estaba activo, era mejor taparlo, según recomendación de nuestro dentista argentino.
A los dos segundos aparecen la asistente que nos recibió, y un flaco vestido de calle. Raro, pensamos, un dentista vestido así en el consultorio…¿Cuál de todos estos es el médico, si es que alguno lo es?
Abra la boca signora, y con el rabillo del ojo, vemos que los tres se ponen barbijo y guantes. ¿Los tres? pensamos. ¿Quién es este pibe vestido de jeans y remera que va a meter mano en nuestra boca? Acto seguido, teníamos a los tres mamotretos escudriñando nuestras muelas. ¡¡Los tres al mismo tiempo!!! Ya ahí nos pusimos más nerviosas. De pronto se alejan los tres en tándem, y creyendo que no entendíamos italiano, comienzan a especular. ¿Cosa facciamo? Y, no sé, para mí hay que aprire…¿Aprire qué, gritamos nosotras??¡ Acá no se apre niente! ¡Ustedes solo tapen con alginato como hicieron en Faenza y nosotras nos arreglamos en Buenos Aires! No, signora, seguían estos tres borregos, hay que neutralizarle el nervio. ¡Neutralizá a tu abuela, a nosotras no nos tocan nada! Para mí, hay que sacar una lastra (radiografía), aportaba el de jeans. ¡Si te acabamos de dar la lastra de hace dos semanas! retrucamos.
No, decía la tercera, yo creo que hay que ponerle anestesia y después ver.¡Qué anestesia ni ocho cuartos! ¡A nosotras nos tapan y listo! ¿Saben qué? Si ustedes no saben qué es lo que hay que hacer, no hay problema, nos vamos y se acabó. No, signora, aspeta un attimo que ya viene el doctor.  Si viene el doctor, preguntamos, ¿quienes son ustedes? Acto seguido desaparecen la embarazada y el idiota de jeans. Tras esa actitud, supusimos que no estábamos erradas al pensar que eran estudiantes.
Viene el doctor Salustri, que era bastante buen mozo y no tan vecchio como su placa, junto a la primera asistente y sin saludarnos nos abre la boca y dice: cúbranle como ella les dijo y nada más. No hay que hacer nada.
En ese instante se nos aflojaron los músculos de todo el cuerpo, anche los esfínteres. Finalmente tras una tortura sin anestesia de diez minutos, lograron cubrir la muela.
Conclusión que llegamos al odontólogo sin dolor, y nos fuimos con dolor.
¿Alguien recuerda la parte del dentista de la peli Little Shop of Horror? Bueno, tal cuál.
Moraleja, usen dientes postizos así no se les rompen los suyos y no tienen que caer en lo del Dr. Jekyll.
Ver Roma e doppo morire.
Arrivederci Italia, chi vediamo un altra volta y sin problemas dentales.
Muela 1 = Dr. Salustri 0

jueves, 13 de junio de 2019

Stanca (cansada) ma no estancada

Sentadas en un barcito de Florencia, mientras escuchamos a un bombón cantar y un viejo loco (del que admiramos su libertad) bailar en la mitad de la calle, nos sentimos Julia Roberts en Comer, rezar, amar. Bueno, la mitad de Julia en altura y el doble en gordura…
Verona. Lamentamos comunicar que Romeo no estaba. Fuimos hasta la casa, le tocamos el timbre, pero nos dijeron que se había ido con una tal Julieta. Va fanculo le respondimos nosotras al portero, que nos miró impávido cual estatua que era.
Así que nos fuimos al Castelvecchio a ver si ahí encontrábamos algún duque veronés. Tampoco, pero nos quedamos recorriéndolo. Subimos, porque en Italia todo es escalera, y recorrimos obligadas, una de las más grandes exhibiciones de arte sacro, que vimos en nuestras vidas. Obligadas, bien decimos, porque cada vez que queríamos escapar para la uscita, venía una de las guardias y nos obligaba a entrar a otra sala. La mina nos siguió todo el recorrido, mostrándonos con un gesto de cabeza, por dónde había que seguir. No sabemos en realidad si todos los turistas se le rajan de embole o tenía miedo que nos chafáramos algo. ¡Ni que en nuestras intenciones estuviera afanarnos un cacho de fresco con la imagen de la Asunción de la virgen!¡ Preferimos un par de zapatos antes que un santo! ¡Un santo no nos duraría lo que un par de buenos zapatos italianos, doña! Pero nos callamos la boca, y seguimos subiendo por el Castelvecchio. Si algo tenemos que agradecerle a la guardia, fue que con su insistencia de llevarnos por el camino correcto, terminamos en las murallas del castillo, viendo la mejor vista de Verona que podríamos haber imaginado.
Lamento decepcionarlos, pero no tengo más que palabras elogiosas para Verona. Bella ciudad, bellos hombres y gente amable por todos lados.
Cargamos nuestras valijas al Frecciargento y partimos sin demora a Florencia. Ya al subir, empezamos a las puteadas. El tren no tenía lugar para el equipaje, así que viajamos más o menos a cococho de las valijas. Seguimos con nuestro rosario de buenas intenciones, al bajar en la estación y notar que no había ascensor. Solo escaleras…la puta que los parió a los italianos y su obsesión por las escaleras. Además, para quienes no lo saben, como en la antigüedad no había reglas de construcción, cada uno hacía los escalones con la altura que se les cantaba el ojete. O, los del norte de Italia tenían las piernas muy largas…vaya a saber, no hay con quién comparar…Bah, si nos dejamos llevar por el tamaño de las esculturas de Michelangelo, la península itálica debía ser la tierra de Gulliver.
No desesperéis que ya llega la tercera puteada…
Nuestro hotel, resultó ser un apart hotel. Bien ubicado, súper lindo, gente amable, ascensor en el edificio….y escaleras en el departamento. No hace falta reproducir nuestros dichos, ya los conocen de sobra.
Salimos a pasear, con cuarenta grados a la sombra, para largar la cuarta y anteúltima puteada de la semana. Si Venecia nos pareció un mar de turistas, Florencia es el océano. ¡Queremos volver a Faenza donde no hay nadie!,gritábamos sin que nadie nos oyera, porque cientos de miles de turistas, zumban como cientos de miles de moscas. Odiamos a los turistas. Llegamos a la conclusión de que nosotras nos vestiremos como turistas, pero en realidad somos ciudadanas del mundo.
Queríamos conocer Cinque Terre, San Giminiano e ir a la Toscana y beber algunos vinos Chianti. Cansadas de andar solas, creímos conveniente tomar una excursión . Mal hecho.
Cinque Terre es hermoso, pero decidimos que ahí no nos vamos a mudar porque todo es cuesta arriba. Además tomamos un barco para ir de una terre a la altra, pero el capitán estaba un poco fumado,  manejaba a los tumbos, y casi largamos por la borda los spaghettis que habíamos mangiado antes. Finalmente sudamos como guanacos, sacamos fotos y llegamos agotadas al anochecer.
Al día siguiente, como si no nos hubiese alcanzado con la excursión previa, hicimos la segunda.
Hermosa la Toscana, no decepciona, lo juro. Nos sentimos Diane Lane en Bajo el sol de la Toscana, con la pequeña diferencia que nosotras no encontramos el amor, sino otro millón de turistas.
Consejo. Nunca hagas excursiones multilingües. Terminás no entendiendo ninguno de los idiomas que habla el guía.
A diferencia del día previo, acá sí nos quedaríamos a vivir. Queremos una villa toscana, con vista a San Giminiano. Largamos la cerámica y nos ponemos un viñedo. Decidido.
Hoy, nuestro último día en Florencia, nos propusimos tener uno tranquilo. Visitamos a nuestro novio David, en el Museo della Accademia. Es tan, pero tan bello, que no nos importa que tenga pito chico. Nos hubiésemos quedado todo el día con él, pero había que ir a hacer el reintegro del tax. Y ahí llega nuestra cuarta y última puteada en Firenze.
No uses el Google Maps acá, porque el  puntito azul se te vuelve loco. Así fue que estuvimos dando vueltas en círculos durante media hora hasta llegar a destino. No es que esta ciudad sea muy grande, no, es la vuelta al perro, pero si el puto punto azul se quedara quieto quizás no nos hubiésemos caído de rodillas con el culo para arriba, en el medio del pavimento florentino.
Y la recontrarecalcadísimaconchadesuputamadre!!! Ahí tienen la puteada que les debía.
Suponemos ahora, que tenemos un par de ligamentos menos en nuestras rodillas.
Casi llorando, porque ganas no nos faltaron, nos volvimos al apart a preparar la valija, ya que mañana partimos a Roma. En el trayecto nos enamoramos varias veces de italianos que ni siquiera notaron nuestra existencia.
En definitiva, la bruja la pifió en todo. Ni este viaje nos cambió sustancialmente la vida, y menos que menos encontramos al morocho. O mejor dicho, encontramos muchos morochos que no nos cambiaron la vida.
Arrivederci Florencia, chi vediamo cuando el turismo merme.
Verona 10 = La Toscana 10
Rodillas -2= Elizabeth 0

martes, 4 de junio de 2019

Ver la Bienal e doppo morire

Ciao, sono qui.  No nos hemos ido a ningún lado, seguimos en Italia. Pensaban que nos habíamos olvidado de ustedes, pero no.
Tras una maravillosa estancia de un mes en Faenza, donde casi hemos sido tratadas como una celebridad, llegamos a Venecia donde somos absolutamente desconocidas para el público en su totalidad. Queremos volver a Faenza.
Acá hay mucha paloma, gaviota y turistas (ponemos todo en el mismo status), allá golondrinas.
Acá hay mucha mugre, allá podés pasar la lengua por el piso.
Acá hay mucho niño turista llorón, allá los niños siempre buena onda.
Acá hay mucho turista, allá una paz increíble.
Acá hay mucho turista, allá la única turista era yo.
Acá hay mucho turista…
Hoy calzamos sandalias de goma y salimos a buscar un ticket para la Bienal de arte. É chiuso nos dice con la peor onda el flaco de la boletería, torna a le dieci. Dieci menos cinco estábamos ahí paradas esperando a que abrieran y como buenos descendientes de argentinos, hasta las dieci en punto no nos atendieron.
Tomamos el vaporetto, que vendría a ser un bondi sobre agua, y llegamos a la terminal de Arsenal donde estaban algunos de los pabellones. En el camino nos hicimos amigas de unos israelíes, que perdimos apenas pasamos la primera instalación de vídeo. Vaya a saber dónde quedaron…Volvamos a la bienal…podríamos decir que el arte no es lo nuestro, pero estaríamos mintiendo. Quizás lo que no es lo nuestro, es el arte en las bienales. Mucho video, mucho color negro, mucha sala a oscuras donde no ves la obra y sólo pisás al pobre turista que tenés al lado. Mucha cosa grande al pedo, mucho feo y poco lindo, pero lo poco lindo es muy lindo.
Recorrer una bienal no es moco de pavo. Antes deberías pasar por el gimnasio a entrenar para la maratón de los 100K.
Tras recorrer todos los pabellones de Arsenal, o casi todos, llegamos a lo que creímos era la salida, pero no.
Parados ahí charlando estaban dos carabinieri. Morochos ambos, o eso supusimos, porque uno era pelado con pinta de haber sido morocho anteriormente. Le pregunto (yo sola, sin la compañía habitual)  ¿dove siamo? le muestro el mapa. El dolape me responde, per inizio a Venezia… y sonríe…ahí mismo me enamoré. Lamentablemente él no, porque sin ningún tipo de compasión me dice, e facile, toma questo giardini e dobla a la sinistra. Y ese fue nuestro romance más fugaz.
Tomamos (volvieron las otras) el giardino que parecía un laberinto y tardamos quince minutos más o menos en poder encontrar la salida. A esas alturas, sentíamos una molestia en los pies. Miramos hacia abajo y con estupor exclamamos ¡nos salieron juanetes! Pero no, eran unas ampollas del tamaño y forma de Uruguay…y todavía nos faltaba ver ¾ parte de la bienal.
Relatar la otra parte de la bendita bienal, sería un despropósito no sólo porque se aburrirían, sino que no podíamos pensar en otra cosa más que en nuestros pies, por ende sobrevolamos el resto de los pabellones, que tampoco eran dignos de un relato.
Volvimos en vaporettobondi a San Marco, tomamos el Bellini más caro de nuestras vidas, y enfilamos para la cena. Elegimos un lugar lindo, porque desde un tiempo a esta parte, mejor dicho, desde TETAS a esta parte, decidimos que nos merecíamos todo.
Si bien el lugar es muy cool, no fue la mejor cena de nuestras vidas, pero decidimos que volveremos porque los mozos están buenísimos. Ah! Ahí nos enamoramos por segunda vez en el día, para descubrir que el mozo sólo nos miraba para ver si necesitábamos algo más.
Domani será otro día y doppo partiremos a Verona a encontrar a Romeo.
Tetas=1 (habló la creída), Bienal=0

martes, 14 de mayo de 2019

Tette al por mayor

Siamo tutti bene, o eso creemos. Perdón que desaparecimos por un tiempo, pero es que no nos alcanzan las manos para hacer 200 tetas, imaginate si todavía tenemos que escribir.
Nuestra vida es una teta. Desde las 8 de la mañana hasta las 6 de la tarde, dale que colar tetas.
El objetivo eran 240. Ya bajamos a 200, y si nos apurás cerramos en 150. El divino del hijo del señor dueño de tutti Li fiocchi, a cada uno que entra al taller, le dice, lei está facciando una installazione de duecenta cuaranta tette. Ya le pedimos que no hable más por las dudas que no lleguemos, o la próxima le metemos una teta en la boca. No la nuestra, porque es muy niño para nuestro gusto.
De tanto colar y lijar, nuestras manos no están para acariciar al famoso morocho, que tampoco es que se digne a aparecer. Nos quedamos pensando si el que predijo la bruja, no sería nuestro Shorsh Clooney. Como ninguno de los dos aparece…
A lo mejor es el señor del restaurante donde solemos comer. Ése que nos dice, ¿oggi cosa mangiamo? Pero es pelado y no le adivinamos el color previo a ser Kojak. Se llama Guido, pronúnciese Güido, y hoy lo dejamos plantado con el pesce que nos iba a hacer.
Mañana seguramente nos va a retar, pero como de todos modos no le entendemos un pomo de lo que nos dice, que nos rete todo lo que quiera.
Una cosa a tener en cuenta en Italia. El italiano, cree que todos entendemos el idioma. Más si le decís, sono de Aryentina, ahhh Aryentina, te contestan, y ahí nomás que se largan la perorata más larga que escuchaste en tu vida, y toda en italiano. Nosotras ante esta situación siempre respondemos con lo único que sabemos: ah, si, io non parlo bene el italiano, ma questa cosa è lo que voglio, perché io ho de bisogno de un cappuccino y questa cosa que non se como si chiama , y me nevado a la mierda.
Así que acá estamos, sin poder aprender italiano ni tampoco intentándolo porque decidimos que estamos demasiado cansadas y viejas. Desde que llegamos, no sabemos porqué pero se nos da más fácil el francés que otro idioma. De jodidas nomás.
Volviendo a Shorsh, queríamos darles una noticia. Ya no estamos tan enamoradas. Ayer lo vimos en un vídeo por Instagram, y tiene demasiados dientes. Mucha funda de porcelana. Podríamos habérselas hecho nosotras ahora que estamos trabajando con porcelana inglesa, y seguro le cobrábamos menos. O no…porque tantos dientes con un bidón de 8 litros no sabemos si alcanza…
Nuestro compañero de taller sigue sin hablarnos, cosa que agradecemos. Lo único molesto es que seguimos sin poder poner música hasta que se va. En cualquier momento le boicoteamos el cristo de flores y farfalles y le ponemos un a teta a modo de clavo.
A domani o a la settimana prossima si sobrevivimos a tanto cansancio.