miércoles, 16 de abril de 2014

La religiosidad al palo

Pesaj y Pascuas todo en un siete días es too much. Eso de empezar comiendo guefiltefish con krein, matzá, latkes de papa y terminar con una rosca rellena de huevo y crema pastelera, con un conejo de chocolate de postre, es como para acabar descompuesto y agarrado al inodoro, diciéndole cómo te quiero hermano, como te quiero. Y ni te cuento, si tu familia es mitad turca, mitad rusa, y mezclás kipes con sopa de kneidalaj y bamias con farfalaj.
Pero así somos los judíos argentinos. No te comemos harinas por una semana, y el domingo de Pascuas te manducás una rosca entera. Eso sí, el menú gira siempre en torno al pescado y al pollo, porque en ninguna de las dos comemos carne. Los cristianos por el cuerpo y la sangre de Cristo y nosotros porque  en el desierto sólo había un mayorista de maná, y con la maldición a Egipto de las siete plagas, el ganado escaseaba y no ibas a andar arriesgándote al virus de la vaca loca en el medio de la nada, sin Swiss Medical a la vista.
Las fiestas judías y las católicas deberían estar separadas por lo menos por un mes, cosa de que morfes como un cerdo kosher en una y tengas tiempo para hacer una dieta líquida de treinta días hasta la otra.
Pero no, te juntan Pesaj con Pascua, y Navidad con Hannukah. A fin de cuentas, somos todos lo mismo.
Así que pidamos al Señor:
Quiero un sistema digestivo que me permita separar la comida, por unidad de peso y calorías y redistribuirlo por el cuerpo. Por ejemplo, todas las proteínas a los músculos, las verduras a las caderas, los latkes de papa y los kipes a los dedos de los pies, que total no jode más grasa ahí, y los huevos de chocolate y dátiles al cabello, para engrosarlo y no se caiga, y no al tujes con el mismo propósito.
Quiero un respirador para poder dormir tranquila, después de semejante comilona, sin riesgo de morir ahogada por los makarundlaj que te suben y bajan.
Quiero que los que van a la iglesia con las ramitas de olivo no tiren las hojas muertas en el palier de mi edificio.
Quiero entrar a Jerusalem en un Porsche convertible y no en un burro blanco, porque no soy el Mesías ni lo quiero ser. Ya bastante tengo con cuidarme a mí misma y no sé si podría con el mundo entero.
Quiero que mi otro yo se independice un poco y no me siga a todos lados, porque la están empezando a confundir conmigo y eso no me gusta. Somos dos seres diferentes que convivimos en un mismo cuerpo, cosa que no quiere decir que seamos la misma persona.
Quiero aprender a diferenciar el blanco mate del blanco semi mate, porque entre medio hay un sinfín de tonalidades que me estoy perdiendo.
Quiero lo que nunca quise, que es ser quien quiero ser y no la que quieren los otros. Los otros no me conocen, sólo me conozco yo misma y a medias. Las otras mitades de mí misma, ni siquiera saben quién soy, por supuesto menos lo saben los demás.
Quiero recorrer el Nilo en una canasta de precios cuidados, porque en la canasta familiar no entramos.
Quiero la gallina de los huevos de oro, porque como no tengo quién me regale nada, con el ovíparo tendría asegurados todos mis cumpleaños.
Quiero dar la vuelta al mundo en un jet privado. Privado de turbulencias, de pilotos con problemas psiquiátricos y principalmente privado de accidentes.
Quiero ser la reina del universo paralelo, porque en éste sólo sería la versión femenina del Rey Momo.
Y por último, quisiera decir que no quiero nada, pero estaría mintiendo.
Felices Pascuas.




sábado, 12 de abril de 2014

Testeando Mentos o Testamentos

No es bueno llegar a viejo, me dijo el tío de mi amiga Frida, el otro día. Y…no.
Lo mejor es a la mitad de la vida, a los 43, que ya pasé hace rato, comenzar con la planificación geriátrica. O sea, a mis 48, estamos en tiempo de descuento, porque a los 96 no quiero llegar. Ni lúcida, ni borracha.
Como soy una mujer precavida, que vale por dos (MP>48=2) mis planes empezaron a los 16, cuando creía que me iba a morir a los 32, porque según yo, ya estaba exactamente a 16 años más de dejar de respirar. Según mi psicólogo del momento, todo se relacionaba con mi nariz y con los nazis. Nunca le entendí. Quizás él veía en mi nariz a un enemigo, teniendo en cuenta que tenía una pequeña protuberancia que luego erradicó un cirujano plástico. Creyó que ese sobrehueso tenía entidad propia y lo iba a atacar. No sé, me parece que el tipo andaba necesitando un psiquiatra más que yo.
Pero me fui por las ramas, como suelo hacer.
Volvamos a los planes para la viejez:
1)Apenas vuelva de Francia, buscar un bello hogar de ancianos e ir reservándolo para el 2044.
2) Empezar a pagar las cuotas del geriátrico, para terminar antes de que no pueda seguir disfrutando.
3) Anotar la dirección y pegarla en un lugar visible, la heladera por ejemplo, para cuando ya no me acuerde a dónde tenía que ir.
4) Con la guita que me sobre, tras saldar la cuenta, irme de viaje al Himalaya, y escalar el Everest con todos los zapatos que me compre mientras espero hacerme vieja.
Supongamos que ningún geriátrico me acepte, porque hay que aceptarme a mí y a mi otro yo, ¿cuáles serían las opciones, además de las ya escritas en algún blog anterior?
Llevarme al Mar Muerto, y dejarme ahí, que siendo hipertensa, con tanta sal dudo que dure viva más de un día.
Ponerme enfrente de la tele con Cadena Nacional y la Sra hablando, cosa que me agarre un infarto cerebral, y fenezca.
Darme de comer un costillar de vaca entero, cortado finito, y que el colesterol me suba hasta espichar. Moriré, pero eso sí, moriré con la panza llena y contenta.
Yo soy así de prolijita y te dejo todo por escrito. No quiero dejarle a mis sobrinas la preocupación de qué carajo hacer con la tía. Ya bastante van a tener con sus propios padres, pobrecitas, como para andar teniendo que ocuparse de mí.
Yo no soy de esas artistas que te dicen: "mis hijos son mis obras". No, no me hacen el tei mit limene cuando estoy engripada, no me dicen mámele vos sos la mejor madre del mundo. Directamente no me hablan. Sólo están ahí, ocupando lugar en casa, al pedo, como maridos parásitos. Dicho sea de paso, si me hablaran las esculturas, no esperen a que envejezca, intérnenme mañana mismo en Badaracco.
Y como dicen que pidiendo a veces se consiguen cosas, vamos a pedir.
Quiero volver a tener 25 y que el salmón rosado no me caiga pesado. Quiero ver de cerca y de lejos.
Quiero la casita del bosque, con siete enanos que se parezcan a George Clooney y me traigan diamantes todos los días. Esto se relaciona directamente con el pedido anterior, no sea que por no haber cambiado los anteojos a tiempo, me lo confunda a Tatoo con George.
Quiero encontrar una actividad que me guste más que comprar, porque eso no me adelgaza.
Quiero ir a la Provence a ver los campos de lavandas. Quiero La Piedad y el Moisés en el palier de casa. Quiero Roma para mí sola, y París para dos.
Quiero un hombre que acepte mi locura y no la quiera cambiar. Quiero no querer cambiar por un hombre loco. Quiero tirar abajo la muralla que separa mi corazón de mi razón. Quiero deshacerme de mis miedos y pasárselos al Príncipe Valiente que no sirve para nada.
No quiero ser Blancanieves, porque el morocho con una vincha roja me queda mal.
Y quiero que Arjona no componga más canciones que se llamen Apnea. Quiero decir, por favor, que no componga más.



miércoles, 9 de abril de 2014

Me explota, me explota, me expló...

Así como mi viejo decía, el día que naciste se escribió el día que vas a morir, se ve que el día en que nací, se decretó que no tendría suerte con los aparatos. Los de ningún tipo. O sea, ni los tipos, ni las máquinas.
O quizás es esta casa, que tiene la maldición de Tutankamón, y me jode todo artefacto doméstico que compro…y todo hombre que toco. ¿O todo aparato que toco y todo hombre que compro? No sé, la cuestión es que ninguno de los dos me duran mucho. Los hombres, ya ni me acuerdo lo que eran. ¿Qué eran? 
Con lo que me queda solamente, acordarme de los electrodomésticos.
Cuatro computadoras en seis años, todas muertas, fenecidas. Tercer termotanque en lo que va de mi divorcio, kaput a los dos meses de uso. Teléfonos inalámbricos fallecidos, varios. Equipo de música, uno, que no anda hace una década. Heladeras, dos - Lavarropas, dos. Empate. Cafeteras, pavas eléctricas, televisores, despertadores, contestadores,celulares cuatro por categoría. Consoladores, uno. Señores, tres, sin contar los 1300 más o menos, de las épocas en las que no sabía decir que no. Porque yo te soy como Julio Iglesias en versión femenina. Ya no recuerdo cuántos fueron, y a mí me tenés que mirar de un sólo perfil. En lo posible del derecho y del cuello para arriba.
No sé si mi casa está embrujada, si los cables andan mal (según el electricista no) o directamente si tengo tanta energía concentrada en el cuerpo, por falta de ejercicios de contacto con el sexo opuesto, que las cosas me explotan. No me niego al sexo puesto, conste.
¿Qué significarán estas detonaciones? ¿Serán orgasmos contenidos que emanan de mis dedos? Suena a poco delicado lo que escribo, pero estoy barajando todas las posibilidades habidas y por haber. No quiero quedarme con el entuerto.
Dicho esto, es hora de los pedidos de la semana.
Quiero cambiar el cableado eléctrico de mi cuerpo, ya que parece que está sobrecargado de voltios. Como quien no quiere la cosa, y ya que estamos en tren de pedir, que sean de 10, para poder resistir todos los tapones que me faltan por saltar. Y de paso enchufo el horno de cerámica.
Quiero un robot que cumpla con todas las funciones, sin pedirme nada a cambio. Todas. Y nada a cambio. Ando necesitando que me cambien el cuerito. 
Quiero cosas menos terrenales que una maquina perecedera. Quiero un algo perenne. Todavía no sé qué es ése algo, el día que lo sepa lo comunico en clave morse, cifrada, lacrada bajo cinco sellos, no sea cuestión de que alguien se me adelante y me lo choree.
Quiero ir al más allá, pero un poco más acá. Quiero el Puente de Avigñon, donde todos cantan y bailan, porque ni canto ni bailo. Soy Pinocho en formato fémina.
Ahora que soy Serpiente de Madera en el horóscopo chino, quiero ser Pingüino de Látex, para estar más acorde a los tiempos que corren.
Quiero seguir oponiéndome toda la vida, porque si estuviese de acuerdo la pasaría mejor, pero no es lo que me hace sentir cómoda. Opositora hasta la muerte.No sé de qué se trata pero me opongo.
Quiero seguir siendo esta que soy, medio loca, medio cuerda. Como buena hija de relojero, no hace falta que nadie se acuerde de darme cuerda para seguir andando. 
Quiero viajar hasta los confines de la Tierra, y volver cuando se me dé la gana y sin que me apuren, silbando bajito y decir: he visto un lindo gatito.
Quiero encontrar al enano solo al final del arco iris, porque el cofre con oro me lo gastaría en zapatos y ya traje muchos de Miami. 
Quiero los Pirineos, los Alpes, los Apeninos y los Urales, para sentarme en la punta y sentirme la dueña del Universo.
Por último, sigo queriendo a George, pero si alguien me encuentra al sudafricano del barco, le estaré eternamente agradecida.





sábado, 5 de abril de 2014

Mucho animal suelto (o furia de viernes a la noche)

En este momento aciago, con Animales Sueltos en el aire, y la casa llena de olor a bife, procederemos al pedido del fin de semana.
Pedimos al Señor que le mande una faringitis a Alejandro Fantino y tenga a bien recluírse en su casa y callarse la boca por un largo tiempo.
Que un alma caritativa le acerque a Luciana Salazar, la pomada Manzan para las hemorroides que le salieron en la boca. Y un guardarail para que no choque con esos dos neumáticos que tiene a modo de tetas, que en cualquier momento explotan.
Un pantalón con forro para Hernán Caire, o un forro para que no procree gente ignorante como él.
Un peine para el señor Ángel Mahler o alguien que le diga que la permanente pasó de moda. Un whisky Black Label o Chivas para Coco Sily, así larga de una vez por todas el Añejo Doble V, que te revienta el hígado.
Quiero una programación de televisión digna de ver, y no una parva de pseudo conductores pelotudos, que te provocan cagarlos a puteadas.
Quiero no ponerme tan seria un viernes a la noche, pero es evidente que al no tener nada que hacer, el mejor pasatiempo es la crítica constructiva.
Quiero mi celulitis ortomolecular y no el cerebro lleno de alpiste de las vedetongas del Mercosur.
Los Náufragos escribieron una canción para mí, pero tuvieron que cambiarle la letra por ser anti popular. La original comenzaba así: Quiero gritar lo que quiero, que me desespero por ir a putearte, por ir a cantarte todas mis canciones, que no hablan de vos. Quiero tenerte a mi lado, dejarte en el campo, que moje el rocío, tu pelo y no el mío, saber que me quieres y decirte que no. Porque yo sé que en un lugar del mondongo tendrás, recuerdos de aquel ardor (ardor, ardor, ardor), etc, etc.
Quiero la magia de la memoria, que recuerda lo que se le canta y lo que no lo borra.
Quiero ser menos transparente de lo que soy, y morderme un poco más la lengua a riesgo de morir por mis propios colmillos, ahora que descubrí que soy Serpiente de Madera en el horóscopo chino. No sé,¿las serpientes de madera mueren envenenadas por su propia savia?
Quiero que la sangre llegue al río antes de que se me quede en el ojo. Es más saludable para mi vista, y menos contaminante para el mundo. Soy factor cero positivo, o sea, que ahora entiendo de dónde sale mi pesimismo. Al río le viene bien un poco de mala onda elizabethiana para que no sea siempre tan prístino y cristalino.
Seguimos queriendo a nuestra locura, yo y mi otro yo. Mi otro yo apareció de nuevo, luego de varios días de ostracismo, en demostración del descontento provocado por la vuelta del Caribe. Ella quería quedarse en St Thomas comprando, y yo quería quedarme en St. Maarten tomando sol. Ninguna salió ganando porque las dos estamos en la húmeda Buenos Aires que no es lo mismo que la neblinosa Londres.
Sigo pensando que tanto va el cántaro a la fuente que al final se rompe, así que quiero otra vez a George Clooney, y hasta que no se entere de que lo andamos buscando, no pararé de nombrarlo. Quiero lanzar la campaña mundial #GeorgeClooneyElizabethiswaitingforyou, hasta que al chabón le caiga la ficha de que su destino es a mi lado.
O sea, quiero que Interpol no lea esto, porque van a venir a arrestarme por acosadora cibernética.
Todo bien George, don´t worry, be happy. No te asustes, peores son los pastores brasileños que están en Telefé. Ellos te sacan el demonio del cuerpo, y yo lo que quiero es todo lo contrario.
Quiero dejar de escribir estupideces en este mismo momento. Uno, dos, tres, ya.
Buenas noches queridos conejos.







martes, 1 de abril de 2014

Sale un café express de quieros

Volvemos a los quiero, porque estoy en Buenos Aires y no hay nada interesante para relatar, más que mis viajes en taxi. Salvo por el que me preguntó por el Piñón (sic) de Gibraltar, no hay nada digno de comentar.
Así que quiero: que Nespresso me cumpla con George Clooney. Si no, voy a reclamar con la garantía en mano. A mí me podrás ver la cara de boluda, pero cuando me prometés algo, yo te la peleo a muerte.
Me vendieron por la tele que cuando tomabas un Nespresso te aparecía GC de sopetón. Bueno, ahora lo quiero. Y lo quiero todas las mañanas cuando prendo la cafetera en casa.
Quiero un poco de paz, un poco de guerra, firmar la rendición del enemigo, porque la mía jamás será entregada. Yo moriré con los Michael Kors puestos, así me los tengan que despegar de las patas.
Quiero todo lo contrario al dicho, que me cuiden de mis enemigos, porque de mis amigos no tengo porqué cuidarme. Bah, de ciertos amigos por favor protéjanme con un collar de ajos, que el vampirismo está de moda y lo que es moda no incomoda, y al parecer se pusieron los Dracu-Dracu, sedientos de la sangre que no se llevaron los mosquitos del sábado.
Quiero la eternidad con fecha de vencimiento porque si fuese eterna, eterna, seguramente me aburriría a los pocos años.
Quiero el crucero Allure of the Seas para mí sola. Con la tripulación, pero sin brasileños. Especialmente con un tripulante sudafricano que me gustó mucho y al que probablemente jamás en mi vida me volveré a cruzar. No me lo cruzaba en el barco que eramos ocho mil personas, imaginate con siete mil quinietos millones de habitantes en el planeta, se me acabaron definitivamente las chances.
Quiero volver al Muro de los Lamentos y sacar mi papelito que decía : quiero la Paz en el mundo.
Tenía diecisiete años y no sabía lo que decía ni lo que quería. Debería haber previsto mi futuro y poner: quiero un novio que no me deje, que sea actor, yanqui, morocho con canas, con una sonrisa impecable, y que se llame George Clooney. Ya que dicen que soy bruja y presiento las cosas….
Pero el muro me devolvió un yanqui rubio, que sonreía como Patán, con los labios apretados, porque le faltaba algún que otro molar. Y después me mandó dos morochos, que no se le parecían en nada a Georgie, ni siquiera en el talento.
Ahora parece que no me manda nada de nada, porque yo ando medio incrédula de Dios. Es muy probable que el de allá arriba piense: andá a pedirle a la Muralla China a ver si te da bola.
Quiero pensar que no pienso porque pensado lo contrario la presión me sube por las nubes.
Quiero ser una boluda feliz, que una culta con preocupaciones. Esto de ser pensante trae sus consecuencias, y te caga la salud. Mejor no pensar en nada, vivir en una burbuja, y creerte el cuento que te inventaste. Estamos en el 2014. No creo necesitar ser más precisa y dar nombre y apellido, número de documento y posición dentro del gobierno, para saber quién es mucho más feliz que yo, viviendo en la Isla de la Fantasía.
Quiero seguir teniendo la cabeza enquilombada como la tengo, y un poco más de orden en mi casa.
¿O mi casa desordenada y orden en mi cabeza? Me parece que opto por lo primero.
Quiero ser, quiero ver, quiero entrar, pero no quiero ser Serú Girán.
Quiero seguir estando totalmente loca, pero con la credibilidad intacta. Antes creía que no quería ser quien era, y hoy quiero ser quien soy siendo yo misma sin cambiar ni un pelo. Esto es lo que hay y hay que asumirlo. Asumirlo entre todos. Vos, yo, ellos, y los otros. El único cambio en oferta es: kilos por masa cerebral en buenas condiciones. ¡A comprar que dentro de poco se acaban!






miércoles, 26 de marzo de 2014

Para ustedes cinco

Me han cambiado el mundo y no me gusta. Los mayas debían tener razón. Todo lo que conocía hasta hace cinco meses como mundo, ahora lo desconozco. Vinieron una atrás de la otra. Dicen que es como el efecto dominó. Cae uno, y por delante caen los demás. No me gusta.
Quiero el universo conocido y no éste que me están presentando. Quiero volver a los veinte, donde mi única preocupación era si mi vestido de novia tendría encaje o sólo organza. Sí, una preocupación estúpida.
Quiero la estupidez entonces.
Quiero no entender nada de nada, porque cuando entiendo, quisiera escuchar una mentira y no esta realidad que agobia. 
Somos el doble de los tres mosqueteros. Somos los seisqueteros. Y los quiero profundamente. Somos hermanos de la vida. Una vida que nos fue juntando y arremolinando como un viento huracanado.
Somos seis sobrevivientes de diferentes planetas, reunidos en este mundo de mierda que no es el nuestro. Somos el aceto balsámico y el aceite, que se unen a fuerza de batir y batir, a pesar de ciertos grumos que quedan que a veces nos alejan por un tiempo más largo de lo necesario. Somos la sal, el aceite, el aceto, la pimienta, la mostaza y las hierbas frescas. Somos el condimento perfecto de una ensalada exquisita.
Somos el yin y el yan. El equilibrio justo. La diversión garantizada. La compañía perfecta. La conversación profunda. Somos el hombro, el brazo y el abrazo del otro.
Somos nosotros que siempre estamos. Somos los que somos para bien y para mal. Somos y seremos.
Ustedes lo saben, y yo también.
Aquí estoy. Las palabras sobran. Los adoro.

jueves, 20 de marzo de 2014

Volare oh oh

Elizabeth go home decía el cartel en el aeropuerto de Miami.
Uno cree que los americanos son más organizados que nosotros, pero no. El check in tiene tres pasos, como tres pelos tiene la barba de Gaby, Fofó y Miliki.
Primero :vas a la computadora y pasas tu pasaporte mil cuatrocientos treinta y cinco veces para que el lector de código de barra te lo lea. Segundo: como en la vez mil cuatrocientos treinta y seis te está por agarrar un soponcio, llamás a la empleada de American Airlines para que te asista. No puede porque hay otros doscientos setenta y ocho pasajeros en la misma situación que vos. O sea, todos a punto de romper el aparato de mierda ése. Y tercero: una vez que lograste ser leída por el escáner, hacés malabarismos con tu pasaporte, con tu pasaje para ver cuál era el número de vuelo, y decidís si querés cambiarte de asiento, la máquina diabólica te escupe los tickets que tenés que pegar en tus valijas, que salen volando cuál cañitas voladoras y vos atrás de ellos.
Después vas a despachar las valijas. Nota para recordar en futuros viajes: llevar pastillita anti-compra compulsiva, para no tener que pagar exceso de equipaje. 
Debería haberme hecho una selfie acarreando las dos valijas y los dos bolsos de mano, con el pasaporte en la boca, como si fuése el cuchillo de Rambo.
Vas a preembarque. Puerta 30. ¿Está lejos la puerta 30? Preguntás como una boluda. No, turn to your left and there it is.
¡There it is tu abuela! ¡¡Esto es territorio yanqui y todo queda lejos!! Miami es grande en toda su dimensión. La puerta 30 queda al fondo a la derecha detrás del baño de hombres.
Llegás ahí sacando los bofes, porque tu bolso no tiene rueditas y tu cartera, más que cartera es un baúl pirata, porque vos sos compradora compulsiva y no pudiste resistir a último momento de comprarte 44 corpiños a 5 dólares cada uno.
Y ahí te preguntás ¿llegará el día en que pueda viajar sin dislocarme el hombro? ¡¡Ayuda!!¡Traumatólogo a la izquierda por favor!
Subimos al avión. Otra vez yo y mi otro yo. No puedo viajar sin ella, me faltaría una parte.
27 H, último contra el baño del pasillo. Hasta el momento la cosa viene bien porque tu compañero de asiento no aparece. Pensás, ¡qué grande voy a poder dormir estirada! Nop. Llega el tipo que mide alrededor de 1,99 y medio. Vos tenés el pasillo, él la ventanilla. Antes que te des cuenta, el pibe se tira a dormir en diagonal. Tus piernas no son largas, pero no andás muy erotizada como para bancarte el contacto con un señor que sin ser tu marido, ocupa tu espacio aéreo.
Calzás antifaz, tapones para los oídos, placa antibruxismo y te tapás hasta el cuello. Previo rezo del viajero y encomendarte a tu padre que te cuide desde el cielo.
Despegamos, y a pesar del pastillaje, a las dos horas, te despertás porque el avión se mueve como batidora eléctrica. Y sucede lo tan temido. Ataque de pánico. Me duele el pecho, me pincha el brazo, tengo palpitaciones y la inevitable pregunta de: ¿qué necesidad tengo yo de estar ahora en un avión? Me quiero bajar. ¡Paren los motores y abran la puerta que me quiero bajar!¡ Bueno, no paren los motores porque nos caemos, y no abran la puerta porque nos volamos! Todo esto con los ojos tapados aún, porque no vaya a ser que si me saco el antifaz, me muera. Así, casi sin ver, sólo espiando, me agacho y saco bolsita con medicación. ¡Andá a encontrar el Rivotril sublingual, a diez mil pies de altura, a las dos de la mañana, con el avión a oscuras! No sé si me tomé el Rivo o la Aspirina Prevent que son iguales.
Va enésimo cuarto sublingual y al rato empezás a sentirte como Bob Marley. ¡Má sí! ¡Que se mueva! ¡Bamboleémonos al compás de los pozos de aire! Paz y amor. Y tu pensamiento recurrente es: y bueno, ya estoy acá, si esto se cae que se caiga ¿qué es lo peor que me puede pasar? ¿Morirme? Y bueno! De algo hay que morirse! Y te dormís.
Te dormís es una manera de decir, porque a vos las drogas son como pomada para hemorroides en el ombligo. Ya nada te hace efecto. Escuchás a cada pasajero que va al baño, al que tenés pegado al oído a pesar de los tapones.
Pasan las azafatas con el desayuno. Te tiran un café con leche con una medialuna. Nota mental: American Airlines, o bajá la tarifa o dame un desayuno como la gente.
Llegamos a destino. El capitán habla español como yo bengalí. No sabe aterrizar muy bien, me mueve mucho las alas. Tiene el sindrome del pájaro.
Tocaste tierra, y como no sos goy, no vas a hacer la gran Papa y besar el suelo. Pero respirás aliviada que llegaste viva y no abducida por extraterrestres como el vuelo de Malasyan Airlines.
Cuando intentás pararte del asiento, te das cuenta que los 250 mg de ansiolíticos empiezan a hacer su efecto, y te preguntás ¿me dejarán quedarme a dormir un ratito más acá adentro?
Como una zombie enfilás para la aduana, y no te da ni para mentir porque se te traba la lengua gracias a toda la pasta que llevás encima. Raro que no me traigan los perros para detectar droga, pero que me dejen pasar los 789 kg extra de equipaje sin preguntarme nada.
Con ataque de pánico, pasta y semi dormida, apenas bajás del avión, empezás a planificar tu próxima aventura en solitario.
Europa, allá vamos!

domingo, 16 de marzo de 2014

Bondi woman vuelve a casa.

Bondi woman.
Los viajes tienen ése no sé qué, qué te hace hacer las cosas más impensadas. Festejé shabat por primera vez desde que salí de la escuela primaria, y no en cualquier lado. En una especie de templo casero, rodeada de ultrarecontrareligiosos ortodoxos.
El rabino muy piola, me preguntó qué opinaba de los cambios climáticos. No entendí porqué, hasta que me puse a hablar de que el mundo era cíclico, y estas cosas pasaron desde antes que se separaran los continentes. Me atajé a tiempo antes de decir, ¿o cómo creés que se extinguieron los dinosaurios? Un señor que estaba ahí, muy delicadamente se me acercó y me dijo al oído: ojo, que acá no son evolucionistas.
No, ya me dí cuenta, cuando me separaron a los hombres de las mujeres. Pero después todo bien. Sólo intentaron convencerme de que vuelva, con lo que lograron que definitivamente decida, que Miami no es mi lugar en el mundo.
Tras menuda experiencia mística, decidí que era hora de animarme a South Beach a codearme un poco con los goy y los gay. Esos son más mi mundo. Experta en colectivos extranjeros, enfilé para la parada. Dos dólares veinticinco y en Buenos Aires puteás porque Macri te lo llevó a cinco pesos.
Solita con mi alma en el bondi S, llegué hasta el paraíso perdido. Lincoln y Washington. Caminé, di vueltas, shopeé, porque si no no sería yo, hasta que me encontré con un grupete de caballeros, divine ellos, que me pidieron que les saque una foto. Obviamente accedí. Soy goy y gay friendly. Al terminar uno me dice en inglés: querés que te saque una foto? Si, le digo, pero con ustedes, porque yo ya estoy aburrida de mi. Así que me saqué fotos con mis nuevos amigos que no tengo ni idea de dónde son, como se llaman, ni donde viven. Pero uno estaba tan encantado conmigo, que dijo que quiere ser mi nuevo mejor amigo. Yo acepté.
Como se puede inferir, sólo existo para los gay, cosa que me encanta, pero también me gustaría tener una presencia física entre los hetero. No me vendría mal.
A la noche, me pasan a buscar Ivanna y Diego, con los cuatro niños. Vamos a comer sushi, sushi libre y después fuimos a pasear por Little Israel, o sea Aventura.
Mucho ruso moishe, mucho religioso, mucho brillo, mucho viejo, mucho de muchismo mismo.
Ya sé, casi todos vinieron a Miami alguna vez, y me creo que descubrí América. No, sólo que me impresionó el sentimiento judáico que me despertó esta experiencia miamesca. Me sentí como la vez que fui a Israel y no podía creer que el 98% de la población fuese judía y no tener que estar cuidándome del antisemitismo. Acá es lo mismo. Por lo menos en la zona de Aventura y Sunny Isles Beach.
Y ahora heme aquí, sentada en Estarbacs, haciendo tiempo para irme al aeropuerto, después que una amable cajera de Marshalls me taladrara la cabeza con las teorías de lo que había pasado con el vuelo de Malasyan Airlines.
Estoy pensando seriamente en quedarme como Tom Hanks en el aeropuerto, porque creo que los 20 Rivotril que me quedan, no me van a alcanzar para sacarme el julepe que tengo ahora.
Como diría Francisco I, recen por mí.
A tout a l'heure, see you later alligator, nos vemos cuando aterrice.


jueves, 13 de marzo de 2014

Aventura Mal

Mi-a-mi
No sé para qué me gasto intentando hablar en inglés, si el 95% acá habla español y el otro 5 se divide entre brasileros y rusos. Yanquis go home, esto es la madre patria.
Mis días en Mi Ami Bich transcurren plácidamente ente Epicure, donde desayuno, la playa y el Aventura Mall. No es que quiera, es que acá no hay mucho más para hacer. Todos me dirán, ¡cómo! No fuiste acá, o allá! No, no fui místeres, porque una cuadra mide tres kilómetros, y como no manejo, para todo me tengo que tomar taxi o bondi, y tengo pánico de perderme. Además vine a descansar y tomar sol. Para pasear me voy a Europa.
 Ok.Ya voy a ir. Hoy fue mi primera experiencia en colectivo, y aún tengo dolor de cuello por estar estirándome en cada cuadra para ver si habíamos llegado a la 172 y Collins.
Si yo sé contar, porque en el colegio me enseñaron, ¿decime por qué no confío en mi conocimiento matemático, y le pregunto a la vieja cubana de al lado, en cada cuadra: ¿después de la 184 me toca bajar? No, me dice la señora, ya mirándome con cara de esta mina es definitivamente una boluda. Después de la 184 viene la 182, usted se baja en la 172. Cuando vea el cartel de la 174, entonces ahí tire del cordel para que el chofer pare.
Mañana me animo a South Beach. Espero que esté doña Cuba libre para guiarme.
Shopping y más allá la inundación.
El Aventura Mall, es una ciudad. Es la Torre de Babel misma. Menos inglés, escuchas hablar en trescientos cuarenta y cinco idiomas.
Lo maravilloso de este estado de la Florida, es que mientras hacés la cola para pagar, la de adelante mantiene una conversación por teléfono que suena así: Yes, I told you que sí! If you are not going to escucharme, entonces I'm gonna hang the teléfono. Que no chico, I told you que no! How many times te lo tengo que decir?
Me hizo acordar a cuando era chica, que mi viejo nos hablaba un poco en yidish un poco en castellano. Al fin, que en todos lados me siento como en casa. Yo vendría a ser una especie de ente multicultural. Si ayer le entendí al tachero que debía ser africano, es porque entiendo cualquier idioma. El tipo me quería decir algo de que había hecho tres viajes a no sé dónde, y hablaba así: I tell you ma'am, if you wanna know, I guen twee times. ¡Hasta que entendí qué mierda quería decir guen twee!! Three!! Tres!! El resto del cuento me lo imaginé, porque Yogurtu hizo un monólogo sólo comprensible para él mismo. Soy políglota pero no tanto.
Thank you ma'am, Thank you sir, goodbye y si te he visto no me acuerdo.
El resort.
Mis amigos en el lugar son los trapitos del edificio, cubanos y peruanos, los playeros, cubanos y cubanos, y el arreglatutti uruguayo. Y Kamille, la recepcionista, jamaiquina. El resto deben ser argentinos disfrazados de norteamericanos.
Los huéspedes, brasileros, argies, más argies y rusos. Nadie te da bola.
Los argentinos hablan fuerte, los niños brasileños lloran, y las rusas prendidas al celular todo el día.
Las rusas.
No les entiendo un carajo cuando hablan, porque sólo lo hacen en ruso y yo llegué hasta spasiva nomás. Están todas hechas. Rubias, tetas de siliconas, labios Betty Boop, culo parado sin celulitis, pero no son perfectas. Tienen juanetes. ¡Tomá pa vos! ¡A mí me vas a querer hacer sentir deforme! Yo tendré el culo de una morsa, pero mis pies son desjuanetizados.
Los tacheros.
Nota para el alcalde de Miami: acá los tacheros tienen permitido hablar por celular y comer mientras manejan. Obligar a usar aromatizante de auto para eliminar el olor a fritura y chivo eau de toilette.
A diferencia de Buenos Aires, la mayoría de los taxistas no te hablan. Se hablan a sí mismos. Vos vas un poquito asustada, no sabiendo si están locos, si te están puteando en turkmenistaní, o directamente si vas a llegar a destino sana y salva.
Miamiland, es muy grande. Todo es enorme. Las autopistas, los shoppings, los supermercados, las zapaterías, los edificios, los ascensores, algunos culos, y muchas panzas.
En definitiva, por más hermoso que es el color del mar, EEUU no es mi lugar en el mundo, a menos que venga GC y me diga, nena quedate conmigo. Ahí sí, lo pienso.

domingo, 9 de marzo de 2014

Capítulo IV y último

Poseí-don.
Día seis.
Arriba del barco todo el día. ¿Qué hacés? Comés y pelotudeás. Imposible tirarte a tomar sol, porque la mala educación cunde como epidemia en el mundo entero. La gente se levanta a las cinco de la mañana y ocupa todas las reposeras con toallas. "Reservadas" te contestan cuando vos con ojos de cordero degollado, y transpirada como un chivo preguntás tímidamente si te podés sentar. Las únicas que quedan libres son en la sombra o con los viejos. Chau día de pileta, porque encima no sólo te olvidaste el libro en tu camarote, que está ocho pisos abajo y en la otra punta, sino que además te anotaste, en una subasta de arte, en la que no vas a comprar nada, y empieza cuando vos encontraste una bendita reposera, al lado de una brasileña que te mira con cara de asco. Ya sé, mis frases son muy largas. Como hablo, escribo.
No sé cómo carajo engordo acá adentro, si me la paso caminando de popa a proa todo el día. Desayuno lo mismo que en casa y los postres ni los pruebo porque son de plástico. Pero los pantalones me aprietan y las medias me dan calor, y ningún muchachito del barco, me tiene loca de amor. Bueno, uno solo, de la tripulación, al que no le puedo ni pronunciar el nombre de lo raro que es, Tjaart o algo así, que me mira asustado, yo prefiero pensar que turbado, pero calculo que cuando me ve, lo único que le pasa por la mente es: ¡Socorro, otra vez se me acerca la vieja a hablarme! Está buenísimo el pendejo, y tiene la obligación de hacerme sentir joven y hermosa, así que yo feliz.
Señoras/es, un crucero, definitivamente, es para venir en pareja, en familia,o con amigos, a menos que tengas más de 78 años, que ahí sí, te venís sola y la pasás bomba. Hasta podés llegar a encontrar marido. Es factible que el hombre ya esté más cerca del arpa que del violín, pero candidato al fin. Los únicos que me hablan y me tratan bárbaro son los de la tripulación, camareros y servicio de limpieza, que no es porque les caigo genial sino que están esperando propina. Se la tienen bien merecida. Siete meses arriba del barco sin ver a la familia, y te vienen Elizabeth y 2000 brasileños de pasajeros. ¡Cómo para no tenerte ganado el cielo! O el mar...qué se yo.
Eso, el mar. Decí que no sé nadar bien, que sino, me quedo a vivir under the sea.
Creo que es lo único que disfruto más que el chocolate. Mirar el mar azul. Eso de que salís a la cubierta y ves tiburones, delfines y sirenas, niente. Es mentira. Nemo no está y de la sirenita ni noticias. No me engañes más a los niños que después me crecen y se convierten en cruceristas.
La aventura llega a su fin, con cena de gala y langosta esta noche (si puedo subiré fotos al FB de los mamarrachos andantes), fiesta de blanco en la cuál no seré aceptada porque casi toda mi ropa es negra. El negro adelgaza, me decía el viejopelotudo de mi ex. ¡Sí, lo que me adelgazaría bien, es alguno de los negros que ví durante el viaje!
Día siete. Asisto a charla con Romero Britto. El tipo un divino. Amigos artistas, tomar nota. Hay que hacerse artista pop, tener un genio como marchand que te desarrolle un amplio merchandising, y así llegas a comprarte tres Ferraris.
De seguir en este camino, yo no alcanzo a comprarme el manubrio de un monopatín.
Mediodía. Voy de nuevo a la subasta de arte, sólo para ver si adiviné (uno de los tantos juegos de a bordo) cuánto costaba un Picasso que tenían ahí. ¡Oh surprise! Gané. La pifié por 500 dólares, y fui la que más se acercó de todo el barco, con lo cuál, no me gané el Picasso, pero sí tres cuadros de artistas que ni conozco, y que ahora tendré que explicarles a Kiciloff, Lorenzino, Capitanich y compañía, que no pagué un mango y que me los dejen sacar de aduana.
Mi experiencia Titanic llega a buen puerto. Ahora una semanita de playa en Miami, sin brasileros. ¡Esas van a ser vacaciones!
Los dejo, gente, ya tuvieron suficiente de mí por el momento.
Próxima entrada probablemente desde mi Buenos Aires querido.